PACTO EN EL CAJAMARCORCO


PACTO EN EL CAJAMARCORCO. 
(LUIS IBERICO MÁS - CAJAMARCA)

En Pariapuquio, un bello lugar que queda en la parte alta de Samanacruz, frente al cerro Cajamarcorco; hace mucho tiempo vivía una pareja de jóvenes, con un hijo pequeño y otro por venir; tenían poco, casi nada, de dinero. Preocupado el padre decide salir a buscar trabajo a la ciudad.
— Ya nos quedan pocos realitos, y aquí no hay trabajo, ni semilla pue’ tenemos siquiera pa’ sembrar. Voy a la ciudad tal vez caiga alguito de trabajo, viejita.
— ¿Y yo, qué pa’ hacer acá solita con el cholasho y con mi panza?
— Dile a tu mama que venga a acompañarte. Además sólo va a ser un tiempito ¿acaso me vo’a quedar?
Dejando triste a su esposa; el joven parte de madrugada, en busca de un trabajo que le ayude a sostener a su familia. A mitad de camino se encuentra con un extraño hombre a caballo, con riendas y montura muy brillosas.
— ¡Buenos días! ¿o buenas noches será todavía? ¿A dónde vas tan temprano, cumpita?— le pregunta el extraño al joven.
— ¡Buenos días, taitita! a la ciudad me voy, necesito encontrar trabajito.
— ¿Trabajo? Justo necesito un muchacho que me ayude. Yo te doy trabajo, sube, monta al caballo para ir a mi casa.
— ¡¿En serio, taitita?!— de un brinco ya estaba sobre el caballo, sonriendo como nunca.
Así lo llevó al joven en las ancas del caballo, hasta orillas del río Mashcón. El hombre le pide al joven que cierre los ojos hasta que pasen el río; y éste así lo hace, al volver a abrirlos se encuentra dentro del Cajamarcorco; vio cosas que jamás había visto… ¡Había un pueblo muy hermoso! Es ahí donde se da cuenta que el misterioso hombre, en realidad, era el diablo.
— Bueno, ya estamos aquí ¿Para cuánto tiempo quieres trabajo?— pregunta el diablo con risa burlona, mientras se arregla los bigotes— Lo único que tendrías que hacer es atenderme, y cargar el carbón a mis mulas. Eso es todo.
— Para un mes, noma’ taitita; lo he dejau a mi mujer sola con mis cholitos—responde temeroso.
— ¡Ja,ja,ja! — se carcajea el diablo— ¡verdad! No te he dicho que aquí un día es un mes; si te ausentas tanto tiempo de tu casa ya no vas a encontrar a tu mujer, y si la encuentras la encuentras con otro.
— Entonces, pa’ tres díitas noma’ deme trabajito. ¿cuánto me va’sté a pagar?— responde entre avergonzado y sorprendido.
— Por cada día te voy a dar una alforja llena de oro, con eso se acabarán tus problemas. ¡Ah! pero eso sí, tendrás diez años para disfrutar de las alforjitas, luego tu cuerpo y alma serán míos. ¿Aceptas?... aquishito firma ¿Aceptas o no? Sino ya puedes irte, a ver si por tres días de trabajo te dan todo esto.(imagina los ojos del diablo como quien mira el suculento plato que se va a devorar)
Después de un largo silencio, el muchacho… aceptó. El miedo ya se había ido, ahora la codicia lo invadía, sus ojos sólo miraban a una dirección: las alforjas.” Tres días, y todo eso será mío. ¡Qué cojudo he siu! era para decirle una semana de trabajo: una alforja de oro por día” —se decía para sus adentros.
Aunque no sabía firmar, una gota de sangre del dedo índice bastó para sellar el trato. Así empezó a trabajar para el diablo por tres días (que en realidad eran tres meses afuera). Esos días pasaron rápido, el trabajo era leve: al diablo no le importaba hacerlo trabajar duro, el trabajo sólo era un pretexto para conseguir el cuerpo y el alma del pobre infeliz.
— Bueno pues, cumpita; se acabaron los tres días. Ahí están tus tres alforjas llenas de oro. Recuerda que tenemos un trato, ah.
— Sí, sí… deme mis alforjas. Ya me voy — la codicia otra vez.
— Cálmate, son tuyas; es más: llévate una mula, te la regalo, no vas a poder cargar todo eso tú solo— le dice el diablo con su acostumbrada sonrisa burlona.
— Muchas gracias, taitita. Voyme a ver a mi mujercita y a mis cholitos, me han de estar extrañando.
— Ve, ve… ¡Espera, espera! ¡Por poco se me olvida! ja, ja, ja… Dentro de diez años, como hoy, morirás. La última noche que te velen, a medianoche, que nadie esté en tu velorio, porque iré a recoger tu cuerpo. Tu alma ya será mía desde el instante que mueras. Ahora sí, ya puedes irte. No te vayas a olvidar de lo que te dije: que nadie esté en tu velorio la última noche.

El miedo le volvió al cuerpo al saber el día de su muerte y lo que le iba a pasar; pero se le paso al poco rato, total, diez años es mucho tiempo y ahora tenía todo ese oro para gastar.
Fue a casa, sólo para llevarse a su familia a la ciudad, su casa y terreno lo regalo; ahora tenía el suficiente dinero para comprar casa en la ciudad. Y así lo hizo: se compró una tremenda casa en Cajamarca.
El tipo vivía en la opulencia, lleno de mujeres, dinero y prosperidad, sin embargo, el día anunciado ya estaba cerca: diez años pasan en un pestañeo. Es así que un día enfermó de gravedad, y cuando se suponía que debió morir, el cuerpo le aguantó un día más, así que le dio a su mujer e hijos la instrucción, que el diablo le había dado hace mucho.
Al día siguiente murió y se empezó a velar como es costumbre. La última noche de velorio poco antes de medianoche, hicieron desalojar a los presentes como pidió el finado, sin embargo un borracho se quedó dormido en la habitación y los hijos dijeron: “bueno es un borracho y está dormido, seguro ni se enterará del secreto de nuestro padre”. Así que lo dejaron en el velorio.
Esperaron que den las doce campanadas y es entonces cuando sucedió: A lo lejos se escucharon cascos de caballos, que iban aumentando la intensidad hasta que se sentían bastante cerca, también se escuchaba unas ruedas, era como un carruaje el que se sentía que se acercaba a la casa, del difunto... de pronto el sonido de los cascos e los caballos y las ruedas se detuvo: había llegado. Los acompañantes del velorio estaban hechos piedra de tremenda impresión puesto que los chismes de un pacto con el diablo y el vecino millonario, era un secreto a voces.
Muchos rezaban y otros se ocultaban, todas las velas se apagaron y se quedó todo en penumbras, se escuchó un tremendo ajetreo y gatos peleando sobre el cajón. Un grito de terror asusta a los presentes... Se volvieron a escuchar los pesados cascos de los caballos y el carruaje que se iba alejando poco a poco; mientras, ni siquiera el más valiente de los hombres se atrevía a dejar de rezar o salir de su escondite...
Acabó la alboroto todos entraron, con mucho temor, al velorio encontraron al borracho botando espuma por la boca y en un estado de terror, sólo atinaba a decir: "lo ví.. lo ví..."
El cuerpo del señor no estaba y el cajón estaba vacío. En la mañana del entierro, la gente miraba la caravana fúnebre con terror más que respeto, mientras el borracho contaba, con pocas palabras que el diablo se llevó al difunto... Se cuenta que el cajón iba relleno con piedras y paja, para que los cargadores no notaran que estaba vacío.
Así terminó la historia del pobre infeliz que por la necesidad y la codicia termino perdiendo el cuerpo y el alma.

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