LA POSESA DEL DIABLO (Relato Catalino Calua)



Hace ya años, en el distrito de Namora, de la noche a la mañana, una joven del lugar resultó muy enferma, manifestando que ella veía al diablo y que continuamente el maligno lequitaba sus cosas, le arrebataba sus prendas de vestir y otras cosas por el estilo. En una de esas oportunidades, poniendo término al escepticismo de sus familiares, que no querían creer en las visiones de la muchacha, vieron que cuando esta se encontraba pelando sus papas, de pronto el cuchillo desapareció de sus manos, lo mismo que su sombrero, y como si alguien los llevara, observaron cómo tanto el sombrero y el cuchillo fueron colocados junto al cerco, pero el sombrero completamente cortado.

Entonces dieron cuenta de estos extraños sucesos al padre de la muchacha –a quien supusieron estar compactado con el diablo– para que tomara las providencias del caso, como en efecto lo hizo, llevándola para que la vieran los médicos; pero pasó el tiempo y la muchacha seguía enferma y siempre atormentada por la presencia del demonio.

Entonces, personas entendidas le manifestaron al padre que el mal de su hija era producto de la brujería y que, por lo tanto, los médicos no la iban a curar, y que era mejor que la llevara a que la viera un brujo.

El padre, escuchando el consejo de sus amigos y familiares, salió en busca del mejor brujo del lugar, habiéndosele recomendado un maestro que vivía en los Baños del Inca. Este, después de ver a la muchacha, manifestó al padre que sí podía curar a la enferma, pero que la curación les iba a costar mil soles, y, además, debían poner la coca, aguardiente, tabaco y otros menesteres que necesitaba para la curación. 

Los padres convinieron con la proposición y un día viernes, por la noche, llevaron a la enferma a la casa del brujo. Cuando ingresaron al aposento de este, observaron que en un cuarto el brujo tenía una serie de materiales raros. Cuando se sentaron en el lugar que el maestro les indicó, este comenzó a desatar un atado y de él iba sacando unos objetos que iba colocando sobre una manta de color blanco (esto significa que el brujo tendió la mesa para iniciar la curación).

Desde aproximadamente las ocho de la noche, comenzó la curación, y ya sería las doce de la noche cuando el maestro salió a la calle, diciendo: “Ya es hora, el enemigo me espera afuera; si llamo, de inmediato corren a ayudarme”.

Y se fue llevando un rebenque y un gran machete de acero, que estaban junto a la mesa. Al poco rato, los circunstantes escucharon como si alguien peleara y, de cuando en cuando, sentían el reventar del rebenque, como si este cayera sobre un cuerpo humano, y también escuchaban el golpe del machete como sí estuviera cortando el piso.

Pasó así como una hora, cuando los presentes (la enferma y numerosos familiares y amigos que habían ido a acompañarle) vieron que el brujo ingresaba nuevamente al cuarto, todo bañado en sudor, con el rostro completamente rasguñado, y les dijo: “Ya está. Acabo de vencer al enemigo.

Desde ahora, la niña descansará tranquila, pues ya no volverá a fastidiarla”. Efectivamente, a partir de ese momento, la chica no tuvo más las apariciones del demonio, ni le quitaban las prendas de vestir ni perdía los objetos que portaba.

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