EL ANCIANO QUE SE COMPACTÓ




Cuenta una señora que vive por los alrededores de la ciudad, que un 
vecino suyo veía continuamente, por los alrededores de su cocina, una cabeza 
de borrego que al menor descuido penetraba a la habitación a comer carbón del fogón, y que cuando sucedían estas apariciones, que se presentaban en las noches de Luna llena, llamaba a sus vecinos para que también presenciaran esta rara aparición. Pero daba la coincidencia que tales personas, por más que el señor les indicaba el sitio preciso en que se encontraba, no podían ver la tal cabeza de borrego.

Pero el señor no solamente veía apariciones sino que, incluso, por las noches soñaba a la cabeza, quien le manifestaba que debía entregarle a una persona joven para que ella, a cambio, le proporcionara mucha riqueza y comodidades en esta vida. Y fue tanta la insistencia con la que la cabeza le hacía sus solicitudes en el sueño, que el señor, venciendo su natural resistencia y llevado por la ambición de la riqueza, decidió probar suerte haciendo lo que la demoníaca aparición decía. Por engaños consiguió llevar al cerro a una muchacha joven, vecina suya, 
y la entregó a la cabeza. Luego, de la noche a la mañana se volvió millonario, si bien es cierto que por haber vivido siempre pobre no sabía disfrutar de su nueva fortuna. Los vecinos notaron el cambio que se había producido en el señor, y asimismo observaban que cada cierto tiempo desaparecía, y algunos afirman que lo veían entrar por las noches a una cueva del cerro vecino.
Después de algunos años, murió, ya anciano, y cuando los familiares y amigos que habían acudido al velorio fueron a colocarlo en el ataúd,escucharon, horrorizados, unos extraños y lúgubres gritos de animales no 
identificables. En precaución de lo que pudiera suceder, clavaron bien la tapa 
de la caja y sujetaron firmemente el cadáver, y así lo llevaron al cementerio,
pero al momento de introducirlo al nicho notaron que el ataúd no pesaba.

Entonces procedieron a desclavar el cajón y vieron con gran sorpresa que el cadáver había desaparecido, y a lo lejos divisaron que el difunto desaparecía botando chispas y dejando impregnado el ambiente de un fuerte y penetrante olor a azufre. Más tarde, cuando los parientes regresaron a la casa del difunto, vieron que poco a poco todos los animales que había adquirido se iban muriendo y que los terrenos desaparecían con los huaicos que en esa ocasión cayeron por la zona, y así se esfumaron todos los bienes que el difunto había adquirido con el dinero mal habido.
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